DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Conozco a una señora encantadora, que se dedica a diseñar unos vestidos hermosos y el otro día, en su casa, me encontré en un rincón un trozo de tela celeste, deshilachado por el tiempo, que guardaba el rastro de unas manos cansadas pero tercas.
Eran las manos de una madre que, hace ya muchos años, cosía contrarreloj para vestir a su hijo antes de que cayera la noche. No había lujos en aquella mesa, solo un hilo gastado, una aguja roma y una devoción tan callada que ni siquiera hacía ruido al respirar.
Al ver ese retal, comprendí de golpe que la grandeza de nuestra fe no se explica con cosas rimbombantes; se esconde en los costureros humildes, en los platos de comida compartidos en silencio y en los ojos de quien ayuda sin esperar que nadie se lo agradezca.
Hoy nos desvelamos pensando en trofeos, en ver quién corre más o quién luce el mejor caballo, cuando el verdadero premio ya nos lo entregaron hace siglos en un humilde pesebre. Ella, la Madre de las Madres, sabe perfectamente cuántas lágrimas se quedan guardadas en el fondo de los ojos cuando la vida nos pone delante una cuesta muy empinada y las fuerzas flaquean. No necesita que le cantemos alabanzas perfectas desde el orgullo; Ella prefiere escuchar el susurro de un corazón herido que busca cobijo bajo su manto protector, encontrando el consuelo que el mundo le niega.
También el Pastorcito Divino nos mira con esa inocencia que los adultos hemos ido perdiendo por el camino del egoísmo y las prisas. En sus ojos pequeños se esconde la respuesta a todas nuestras dudas: ser hermanos de verdad sin llevar una insignia colgada, sino aprender a mirar al que sufre con la misma ternura con la que un niño busca los brazos de su madre.
Ser solidario no es dar lo que nos sobra tras una tarde de fiesta; es descalzarse para que el otro no se hiera los pies, es escuchar al que está solo en su habitación y es entender que cada persona que pasa necesidad a nuestro lado es un reflejo de ese Niño que nació sin techo.
Cuando esta jornada termine y el silencio vuelva a reinar en los campos, lo único que quedará flotando en el aire será la huella de nuestra generosidad. Olvidémonos de las palabras vacías que se repiten una y otra vez por pura costumbre y atrevámonos a vivir desde la entrega absoluta.
Que nuestra única meta sea parecernos un poco más a Ella en su silencio fecundo, y que el pequeño Pastorcito guíe cada uno de nuestros pasos para que aprendamos, de una vez por todas, que el amor verdadero se traduce en palabras, en gestos y en hechos.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







