DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Quien busque explicaciones lógicas a lo que sucedió hace unos días en los quince kilómetros que separan la aldea de Almonte, es que no ha entendido absolutamente nada.
Las cifras oficiales hablan de más de un millón cuatrocientas mil almas, una marea humana compacta que avanzaba a tientas en la penumbra, desafiando el cansancio de las horas y el peso del cielo sobre los hombros.
Pero lo verdaderamente asombroso, lo que deja sin argumentos a los analistas de la conducta humana, no fue la cantidad de gente, sino las condiciones en las que se produjo semejante milagro colectivo. Allí no había copas levantadas, no había vino para celebrar, ni música de moda que sirviera de combustible para aguantar despiertos. No había artificios ni comodidades que justificaran que una persona continuara en marcha a esas horas de la madrugada.
La única razón de ser, el único motor capaz de arrastrar a esa multitud ingente junto a los almonteños, tiene un nombre que sobrepasa cualquier lógica humana: La Virgen del Rocío. Lo que movió los corazones en mitad de esa oscuridad fue una fe pura, desprovista de adornos y de conveniencias. Un niño que se duerme en los hombros de su padre, una mujer mayor que avanza dando pasos cortos sin quejarse, un joven que empuja con las manos desnudas para abrir espacio entre la masa humana… Cada uno de ellos formaba parte de una cadena invisible que se sostenía únicamente por el deseo de estar cerca de Ella, de la Pastora de Almonte.
Cuando se quitan los elementos festivos, cuando se elimina el ruido de la diversión superficial, lo que queda es la verdad más hermosa de nuestra devoción: una entrega absoluta que no pide nada a cambio más que la certeza de saberse mirado por esos ojos que lo curan todo.
Esa es la fuerza real que es capaz de cambiar el rumbo de las cosas y que, de verdad, transforma los obstáculos en llanuras. Mientras el mundo exterior se empeña en organizar eventos vacíos basados en el consumo y la apariencia, cientos de miles de rocieros dieron una lección magistral de lo que significa la verdadera comunión espiritual.
El camino hacia el pueblo no fue una fiesta al uso; fue una inmensa liturgia en movimiento donde el respeto y la devoción se masticaban en cada tramo del trayecto.
Ver a los almonteños guiar a su Madre con ese celo protector, arropados por una multitud que solo buscaba rozar el manto de la historia, es la prueba irrefutable de que hay misterios que la mente no puede abarcar, pero que el alma reconoce al instante.
Que no nos vengan ahora a contar historias sobre modas pasajeras o fenómenos de masas. Lo que presenciamos fue el testimonio vivo de un pueblo que se reconoce hijo de la misma mirada.
Cuando la jornada concluyó y Ella quedó en su Altar de la Parroquia de la Asunción, el silencio que quedó reflejó el cansancio físico, pero también una plenitud espiritual que no se compra con dinero.
Desnudemos nuestra vida diaria de todo lo superfluo, limpiemos los altares de nuestras rutinas del ruido que nos distrae y quedémonos con esa estampa imborrable: la de una devoción que camina por Ella y con Ella, que no necesita incentivos humanos para existir y que se basta con su sola presencia para llenar de sentido la existencia de generaciones enteras.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







