DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Ser rociero es una actitud ante la vida, una identidad profunda que se demuestra cuando no hay cámaras delante ni aplausos que buscar.
Es muy fácil vestirse de fiesta, lucir la medalla brillante en los días señalados o emocionarse cuando los coros cantan con maestría en los altares. Sin embargo, el verdadero compromiso de nuestra fe se mide en la rutina del día a día, en la frialdad del invierno y en la capacidad de mantener los valores cristianos intactos en medio de una realidad diaria que muchas veces camina en la dirección contraria.
Nuestra devoción no puede limitarse a un adorno estético ni a una pertenencia social. No somos rocieros para tener un estatus en la junta de gobierno, ni para competir por ver quién es más importante dentro de la Hermandad. La Virgen del Rocío nos exige una coherencia absoluta que se debe reflejar en el trato con nuestros compañeros de trabajo, en el respeto hacia el que piensa diferente y en la honestidad de nuestras acciones diarias.
Su mirada de esperanza desde el altar es un recordatorio constante de que la espiritualidad real transforma el carácter, derriba el orgullo y nos obliga a bajarnos de los pedestales de la vanidad para ser personas auténticas, íntegras y leales a su palabra.
La fe que Ella nos enseña no es cobarde ni se esconde por miedo al qué dirán. Es una fuerza transformadora que nos impulsa a defender la verdad, a ser justos en nuestras decisiones y a mantener la alegría incluso cuando los problemas personales agobian. La medalla que llevamos colgada en el pecho debe ser el reflejo de un compromiso moral inamovible con el Evangelio. De nada sirve rezar con bellas palabras los domingos si el resto de la semana permitimos que el egoísmo, la envidia o la indiferencia dirijan nuestros actos. El amor a la Madre se demuestra imitando su ejemplo de entrega absoluta, discreción y fidelidad a Dios.
Hagamos examen de conciencia y analicemos qué tipo de rocieros somos cuando cerramos las puertas de la iglesia y de nuestras Hermandades y regresamos a nuestras obligaciones.
Despojemos nuestra devoción de todo protagonismo inútil y quedémonos con la esencia pura de los valores cristianos. Seamos valientes para vivir con honestidad, generosidad y alegría desbordante cada jornada. Que nuestro comportamiento diario sea el mejor homenaje que podamos rendirle a la Virgen del Rocío, demostrando con hechos y no con discursos vacíos que llevar su nombre en el alma nos hace mejores personas, mejores ciudadanos y auténticos hermanos de camino.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







