DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Saber esperar con calma es una de las virtudes más difíciles de conseguir en este mundo. Vivimos acostumbrados a quererlo todo de inmediato, a buscar soluciones raíces y a desesperarnos cuando las cosas no salen exactamente cuando nosotros lo planeamos.
Sin embargo, la fe nos enseña que los relojes del cielo no se parecen en nada a los nuestros.
Tener paciencia no significa cruzarse de brazos con los ojos cerrados; significa mantener la confianza intacta, respirar hondo y comprender que todo llega en el momento exacto en que de verdad nos conviene. Esta serenidad interior nos llena el corazón de una paz inmensa y nos ayuda a afrontar el día a día con una seguridad maravillosa.
Aprender a respetar los ritmos de la vida nos vuelve personas más maduras, sensatas y comprensivas con quienes nos rodean. Quien cultiva la paciencia en su interior deja de lado las tensiones inútiles, aprende a mirar las dificultades con perspectiva y sabe regalar una palabra de aliento al hermano que está pasando por una racha complicada.
En el día a día, la paciencia es el pilar que sostiene la buena convivencia, la tolerancia y el respeto mutuo. Nos ayuda a entender que cada persona tiene su propio proceso, sus propios tiempos, y que la mejor forma de avanzar juntos es caminando al paso del que va más lento, sin prisas y con una sonrisa siempre dispuesta en el rostro.
Ella, la Virgen del Rocío, es el ejemplo más hermoso de paciencia y de aceptación silenciosa. Supo guardar en su corazón maternal cada misterio, esperando con una confianza plena y absoluta el cumplimiento de las promesas de Dios.
Al mirar su rostro sereno, comprendemos que el verdadero amor sabe aguardar sin exigir y sin perder la alegría. La Madre del cielo nos enseña que cuando ponemos nuestras preocupaciones en sus manos, no debemos dejar sitio a la angustia. Su protección nunca se retrasa; llega justo cuando el alma más lo necesita, recordándonos que su guía es perfecta y que dejarse llevar por su voluntad es el camino más seguro para encontrar la verdadera felicidad.
Hagamos de la paciencia nuestra mejor compañera de camino y el timón de nuestras vidas. Dejemos de un lado lo que nos nubla la vista y aprendamos a saborear cada jornada con la tranquilidad de los que se saben profundamente cuidados.
Que cada vez que nos pongamos ante el altar, sepamos pedir la fuerza necesaria para esperar con confianza, manteniendo el corazón abierto y la mente en paz. Porque saber aguardar con una sonrisa es el testimonio más sincero de un alma que confía plenamente en la sabiduría de su Pastora.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







