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Siempre hay tanto que agradecer

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Abrir los ojos cada mañana, el abrigo de un techo que nos resguarda, la voz de los que queremos al otro lado del teléfono o el pan que tenemos en la mesa son realidades que asumimos como derechos adquiridos.

 

Asimilamos la fortuna de estar vivos como si fuese una inercia natural, un guión prescrito que nos pertenece por ley. Sin embargo, basta un segundo de quietud para darnos cuenta de que la salud, el bienestar de los hijos, de la familia, la paz del hogar y los afectos que nos sostienen son, en verdad, un regalo inmenso.

Poseemos certezas hermosas que nos salvan a diario, tesoros cotidianos tan sumamente valiosos que deberíamos estremecernos de pura gratitud cada noche.

El error humano es acudir al amparo del sagrario únicamente cuando el alma se quiebra o la necesidad aprieta.

Somos expertos en la súplica urgente, pero terriblemente perezosos en el reconocimiento. Detrás de cada golpe que no nos derribó, de la calma que regresó a la familia tras un bache o de esa alegría inesperada que devolvió la luz a la casa, se encuentra la intercesión constante de nuestra gran mediadora. La Virgen del Rocío vela por nosotros en lo escondido, sosteniendo nuestras vidas con un cuidado constante que no descansa. Ella recoge nuestras peticiones antes de que sepamos formularlas, y aun así, cuántas veces nos marchamos del Rocío, de Almonte, o de la Ermita de nuestros corazones con las manos llenas de favores y la boca muda de agradecimientos.

Dar las gracias es un ejercicio de madurez cristiana que nos devuelve a la sencillez de la infancia. Es mirar todo lo que nos rodea y entender que nada es mérito propio, sino el resultado de un amor divino que nos abraza sin condiciones.

Cuando el corazón se despoja de la soberbia de pedir y se limita a dar las gracias a la Virgen del Rocío y al Pastorcito Divino por el simple hecho de existir, todo cambia de color. El alma se aligera y la fe se vuelve madura, generosa y plena.

Aprendamos a postrarnos ante su altar no para exigir respuestas, sino para poner a sus plantas la ofrenda más hermosa que puede brotar de un creyente: un gracias sincero por tanto como nos concede.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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