InicioARTÍCULOSLa medida del perdón se aprende bajo las marismas

La medida del perdón se aprende bajo las marismas

PERIÓDICO ROCIERO | Cuando el calendario avanza hacia las jornadas templadas de septiembre, las hermandades regresan a la quietud y al recogimiento diario, lejos del bullicio multitudinario de la primavera.

El sosiego del otoño incipiente propicia el encuentro íntimo con la Sagrada Escritura en la Eucaristía dominical, un espacio donde la fe se confronta con las verdades más hondas del mensaje cristiano. En esta ocasión, la liturgia nos presenta una interpelación directa que interpela de manera rotunda a la comunidad de creyentes, y de forma muy especial a quienes centran su vida espiritual en el entorno mariano de las marismas almonteñas.

El pasaje evangélico sitúa al apóstol Pedro planteando una duda que atañe a las flaquezas de la convivencia humana: cuántas veces se debe disculpar al semejante. La respuesta de Jesús quiebra cualquier cálculo numérico, estableciendo que la generosidad y la reconciliación carecen de fronteras.

A través de la parábola del acreedor implacable, el texto nos recuerda de modo severo la inmensa distancia que existe entre la indulgencia que reclamamos para nosotros y la rigidez con la que evaluamos las caídas ajenas. Este llamamiento a erradicar el rencor arraiga plenamente en el ser del rociero, cuya identidad se cimenta en la fraternidad compartida en torno a la Madre de Dios.

La devoción a la Virgen del Rocío no puede entenderse únicamente como una sucesión de ritos solemnes, cantos compartidos o jornadas festivas. Ser rociero exige asumir una forma de vida que refleje en el trato diario las virtudes de la criatura que fue elegida para traer la salvación al mundo. Al contemplar la mirada serena e impregnada de ternura de la sagrada imagen en su santuario, resulta imposible sostener un espíritu vengativo o un corazón cerrado a la clemencia. Ella se alza como el espejo de la máxima entrega, un refugio donde no hay espacio para la división ni para el ajuste de cuentas mezquino que el Evangelio condena.

A lo largo del año, los simpecados congregan a miles de personas procedentes de los más diversos rincones. En esas travesías anuales, en las reuniones en las casas de hermandad y en los momentos compartidos bajo las estrellas, surgen inevitables roces, cansancios y malentendidos humanos.

Sin embargo, el ejemplo que brota del altar mayor de Almonte nos insta a desterrar el egoísmo. Quien regresa de la marisma transformado por la gracia divina comprende que no puede postrarse ante la Señora guardando amargura hacia el hermano. La verdadera romería concluye cuando somos capaces de mirar a nuestro prójimo con los ojos limpios de prejuicios, extendiendo la mano con generosidad desinteresada.

Perdonar hasta setenta veces siete implica despojarse del orgullo y comprender que la misericordia recibida de Dios debe fluir de inmediato hacia los que nos rodean. La Santísima Virgen, en su advocación del Rocío, es mediadora de esa gracia que desciende callada para sanar las heridas del alma colectiva de los pueblos.

Si pretendemos ser dignos portadores de su medalla y herederos de una tradición secular, debemos edificar comunidades donde la compasión venza a la soberbia. Que este domingo de septiembre nos sirva para renovar el compromiso de vivir en paz, haciendo de nuestra devoción un testimonio vivo de perdón incondicional bajo su maternal protección.

Periódico rociero / J. Ruiz Sacerdote S.J. / Salamanca

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