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La ternura es de valientes

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Vivimos en un mundo que confunde la madurez con el endurecimiento. Nos enseñan a blindarnos, a desconfiar por sistema y a considerar la sensibilidad como un defecto de fábrica que nos hace vulnerables.

Parece que para ser fuertes hay que volverse impermeables a las emociones, como si tener un corazón blando fuera un síntoma de debilidad en un entorno de asfalto y prisa. Sin embargo, la verdadera resistencia humana no está en la roca que soporta el golpe, sino en el muelle que se flexiona para amortiguarlo. La auténtica valentía de nuestro tiempo no reside en el cinismo de los que se creen de vuelta de todo, sino en el atrevimiento de quienes insisten en mantener los afectos encendidos a pesar de los pesares.

El mensaje que sostiene nuestra fe no es una teoría fría para intelectuales, ni un conjunto de normas rígidas escritas en piedra. Es un impulso vital que se rebela contra la frialdad reinante.

Ser cristiano hoy en día es, fundamentalmente, un acto de insumisión contra el desapego. Es negarse a aceptar que las relaciones humanas sean meras transacciones de conveniencia y apostar, en cambio, por la gratuidad del cariño. Hay una dignidad inmensa en rescatar los pequeños gestos de cortesía, en el respeto profundo por la dignidad ajena y en la capacidad de celebrar las alegrías de los demás como si fueran propias. Eso es lo que verdaderamente ensancha el alma y le da un sentido pleno a la existencia.

Toda esa corriente de afecto indomable encuentra su origen y su refugio en la Virgen del Rocío. Ella no es una devoción de manual, sino el cobijo donde se resguardan nuestras verdades más íntimas. Cuando el ruido exterior se vuelve insoportable y las certezas se tambalean, su presencia permanece como un faro de serenidad absoluta.

Mirarla a Ella, a la Virgen del Rocío, es comprender que el amor no necesita de grandes aspavientos para ser revolucionario. En su mirada se concentra toda la dulzura que el mundo ha ido perdiendo por el camino, recordándonos que pertenecemos a una estirpe de personas que no se rinden ante la fealdad del egoísmo.

La piedad popular, cuando es auténtica, tiene la capacidad milagrosa de devolvernos la inocencia perdida. Nos despoja de las dobleces, de las segundas intenciones y del orgullo que a menudo nos distancia de lo esencial. Al acercarnos a Ella, nos volvemos transparentes, capaces de asombrarnos de nuevo ante la belleza de la vida y de valorar los lazos invisibles pero indestructibles que nos unen a nuestras raíces y a nuestra cultura más profunda.

Que la Virgen del Rocío sea siempre el timón que guíe nuestros pasos hacia una vida más plena y auténtica. Que nunca nos falte la audacia de defender el cariño por encima de la utilidad, ni la constancia para mantener encendida la llama de una fe viva, alegre y profundamente humana en cada rincón de nuestra existencia.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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