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Retornar al camino de la fe

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Hay silencios que se van construyendo muy despacio, casi sin darnos cuenta, en el rincón más hondo del alma. Son esos nubarrones interiores en los que un día, por desencantos que la vida nos pone en bandeja o por el simple peso de la rutina y las decepciones humanas, decidimos dar un paso atrás. Nos apartamos. Cerramos la puerta que nos unía a la oración, nos alejamos del banco de la iglesia y empezamos a caminar por libre, convencidos de que las respuestas están en otra parte o de que, simplemente, ya no las necesitamos.

Nos acostumbramos a vivir en una especie de penumbra espiritual, donde el eco de la trascendencia se va haciendo tan tenue que llega a parecer olvidado. El corazón se vuelve rígido, se protege tras una coraza de escepticismo y justificaciones intelectuales, creyendo que la ausencia de Dios es el precio lógico de la madurez.

Pero el amor que nos dio la vida no sabe de olvidos ni se cansa de esperar en las encrucijadas más insospechadas. No hay distancia que pueda borrar la huella de quien nos pensó desde el principio. Y entonces, cuando la soberbia de nuestras seguridades flaquea o la soledad duele con más fuerza, sucede lo inesperado.

El regreso no suele nacer de una norma que cumplir, sino de una mirada. Una tarde cualquiera, arrastrados quizás por el compromiso de acompañar a un amigo, por la inercia de la curiosidad o por ese hilo invisible que siempre tira de nosotros, nos encontramos de repente de pie frente a la bendita imagen de la Virgen del Rocío. En su blanco y esbelto Santuario, o en Almonte, bajo las naves de esa iglesia que cada siete años la custodia, el tiempo se detiene por completo. No hay ruidos, no hay reproches por los años de ausencia, no hay preguntas sobre dónde estuvimos o por qué decidimos marcharnos. Solo hay un espacio inmenso de acogida.

Al levantar los ojos y encontrarnos con ese rostro bendito, algo cruje con fuerza en nuestro interior. Las defensas se derrumban sin oponer resistencia. Frente a Ella, con el Pastorcito Divino en sus brazos recordándonos la eterna infancia que llevamos dentro, descubrimos que nunca estuvimos solos, que el alejamiento solo existía en nuestra limitada lógica humana.

En ese instante de desnudez absoluta, donde las lágrimas brotan sin pedir permiso, entendemos que la fe no era un conjunto de ritos vacíos, sino una relación viva que nos estaba aguardando pacientemente. Su mirada se convierte en un espejo que nos devuelve la verdad de lo que somos: hijos necesitados de consuelo y de perdón.

Retornar no es volver al pasado; es reanudar la marcha sabiendo que hemos sido rescatados por el amor más puro. Al salir de su presencia, el aire se siente distinto, el horizonte se ensancha y el alma, por fin, comprende que ha vuelto a casa.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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