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El cordón que sujeta el tiempo

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Hay estancias en las casas de los abuelos que conservan un aroma único, una mezcla de madera antigua, cera limpia y ropa guardada en armarios de sándalo. En la pared principal de muchos de esos hogares, presidiendo cada almuerzo y cada confidencia familiar, suele colgar una fotografía en blanco y negro, desgastada por los años, donde una madre joven sostiene en su regazo a un bebé. Justo encima del marco, protegiendo la escena con un celo casi sagrado, se balancea una pequeña medalla de la Virgen del Rocío con su cordón descolorido por el tiempo.

Aquel metal no representa una joya de valor material, sino el testamento espiritual de toda una estirpe que aprendió a rezar antes de saber escribir.

Cuando los herederos regresan a esas casas que el tiempo ha dejado vacías y sostienen ese metal frío entre los dedos, se comprende el verdadero milagro de la fe transmitida de generación en generación. En ese instante se recuerdan las manos arrugadas y sabias que desgranaban el rosario en las noches de invierno, pidiendo siempre por la salud de los hijos y de los nietos.

Quienes nos precedieron y ya se marcharon al cielo no han desaparecido del todo; el hilo conductor de la existencia familiar sigue completamente intacto cada vez que se mira el rostro de la Señora. Nadie está solo en este mundo si mantiene viva la memoria de los ojos con los que sus mayores miraban al altar, asumiendo como propios los valores de la compasión y la urgencia cristiana de socorrer al que sufre el revés de la fortuna.

Esa es la verdadera belleza que se custodia en las marismas: una cadena invisible de amor que une a los ausentes con los hijos que aún están por nacer.

La Virgen del Rocío es el refugio seguro donde el tiempo se detiene y donde los seres queridos vuelven a sonreír en la mirada de las imágenes sagradas. Cada vez que una persona se postra ante Ella y le presenta al Pastorcito Divino sus alegrías o desvelos, está repitiendo el mismo gesto que sus antepasados hicieron durante siglos de dificultades y esperanzas.

La devoción real exige ser dignos continuadores de ese legado, transformando cada oración en un acto de caridad viva hacia el prójimo, para que las futuras generaciones reciban la misma herencia bendita: el amparo eterno de la Virgen y la salvación de su Niño.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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