DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Hay cosas que una cámara jamás podrá entender. Nos hemos acostumbrado a registrarlo todo con pantallas, a levantar un teléfono al cielo para congelar el segundo exacto en el que la vida nos pasa por delante, como si tuviéramos miedo de que la memoria nos traicione. Pero los milagros de verdad, esos que nos transforman por dentro de arriba a abajo, no entienden de megapíxeles ni de objetivos. Se quedan grabados a fuego en un lugar mucho más hondo.
Cierre los ojos un segundo. Piense en esa madrugada, en esa tarde de agosto, o en ese rincón de la iglesia donde se le cortó la respiración. Todos tenemos una escena exacta. No hace falta buscarla en ningún álbum de fotos en el salón. Está ahí, nítida, con una luz que no es de este mundo, iluminando el rostro de la Madre y la mirada de su Pastorcito Divino. Es un instante que tuvo lugar hace años, tal vez décadas, pero cuando regresa a nuestra mente, vuelve con la misma fuerza, con el mismo pellizco, provocando esa lágrima silenciosa que desborda las pestañas sin previo aviso. Parece que está ocurriendo justo ahora mismo.
Esos regalos no son fruto de la casualidad. Llegan con una precisión milimétrica, divina. Aparecen cuando el alma está rota, cuando la carga pesa tanto que las rodillas flaquean y ya no quedan fuerzas ni para pedir ayuda. Entonces, en medio del desamparo, se produce esa conexión callada, ese cruce de miradas con Ella que no necesita de palabras. Es un consuelo tan inmenso que te reconstruye por completo los pedazos por dentro. O todo lo contrario: llega cuando por fin has alcanzado esa meta por la que tanto has rezado, y al mirarla, comprendes que ha sido Ella quien ha estado empujando tus pasos todo el tiempo, firmando tu felicidad con la sonrisa de su Hijo en brazos.
Explicar esto a quien no lo ha vivido es una tarea inútil. ¿Cómo se le pone precio al abrazo invisible de una Madre? ¿Cómo se mide el valor de un segundo que te cambia la vida para siempre? Es imposible. Son tesoros que la Virgen del Rocío nos regala en el momento exacto en que más los necesitamos, certezas cristianas y solidarias de que nunca caminamos solos.
No busquen esa estampa en ninguna parte. Su único archivo es el corazón, y el dueño absoluto de esa herencia es el Pastorcito Divino. Guardemos ese patrimonio con el celo de quien sabe que posee la mayor riqueza del mundo.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







