InicioEditorialEl milagro de cada Lunes del Rocío

El milagro de cada Lunes del Rocío

La salida procesional de la Blanca Paloma vuelve a obrar el milagro de convertir el clamor de una multitud en el diálogo más íntimo, sincero y silencioso de cada romero.

El tiempo se vuelve eterno cuando Ella cruza el umbral de su Santuario.

Para quien esto escribe, la llegada de este día grande trasciende la mera crónica periodística; es la certeza absoluta de que el sueño tantas veces acunado en la distancia vuelve, por fin, a cumplirse. Verla avanzar sobre el mar de devotos, mecida por el amor de su pueblo, es el regalo anual que da sentido a toda la espera y que justifica cada jornada de anhelo.

La procesión avanza entre una marea humana que desborda el alma, donde cada rincón de la aldea se convierte en un contenedor ingente de emociones, promesas cumplidas y súplicas desesperadas. En medio de ese bendito estruendo, donde miles de gargantas rompen en vítores y rezos, se produce el verdadero milagro de la fe. No hace falta levantar la voz ni abrir los labios para ser partícipe de su gracia; las cargas y los anhelos más profundos que porto en el corazón son plenamente escuchados por la Virgen, aunque en su presencia me falten las fuerzas y no sea capaz de articular palabra alguna. Su mirada limpia lo comprende todo, recordándonos que el silencio de un hijo es, a veces, la oración más sincera ante las plantas de la Madre.

Esa comunicación invisible, que no entiende de ruidos ni de empujones, es el hilo invisible que sostiene a tantos peregrinos en los momentos de flaqueza. Cuando las andas de plata se acercan y el rostro de la Reina de las Marismas se dibuja nítido ante los ojos, el mundo exterior desaparece por completo. Es en ese instante de conexión perfecta donde se depositan los dolores callados, las ausencias familiares y las gracias por los favores concedidos, sabiendo con certeza que ninguna de esas intenciones cae en el olvido.

La procesión pasará, las carretas iniciarán su regreso y la aldea recuperará poco a poco su calma habitual, pero el eco de ese encuentro mudo permanecerá inalterable en el alma. Volver a casa con la tranquilidad de haber sido escuchado, sin necesidad de discursos ni de grandes exclamaciones, es el verdadero triunfo de esta romería.

La Blanca Paloma acoge el suspiro de cada devoto y lo transforma en una fuerza renovada que nos acompañará fielmente hasta que el calendario decida, de nuevo, que es hora de volver a soñar con Ella.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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