PERIÓDICO ROCIERO | Hay caminos que se miden en kilómetros y otros, los más puros, en la verdad de una mirada. Cada primavera, cuando el aire del Aljarafe y las arenas del Coto empiezan a oler a romero y a promesas cumplidas, una parte del corazón de la provincia de Granada se desprende de su fisonomía de arcilla y cuevas para hacerse marisma. Es la Hermandad del Rocío de Guadix, una corporación que encarna como pocas la distancia hecha devoción, el sacrificio transformado en canto y el orgullo de llevar la fe accitana hasta el rincón donde la Blanca Paloma todo lo cura.
Peregrinar desde Guadix no es un trayecto cualquiera; es una bendita osadía. Cruzar Andalucía de este a oeste, dejando atrás la silueta de la imponente Catedral y el abrigo de la Sierra para buscar el horizonte llano de los pinares onubenses, exige un compromiso que solo se entiende desde el amor incondicional.
No importan los días de viaje, el cansancio acumulado en las plantas de los pies ni el polvo del camino que se adhiere a la medalla; para el rociero accitano, cada dificultad es una flor que se deposita, en silencio, a los pies del Simpecado.
Y es precisamente en su Simpecado donde reside el alma de esta hermandad. Cuando avanza entre los pinos, arropado por el eco de los tamboriles y los vivas que brotan de gargantas emocionadas, parece llevar consigo el aliento de toda una comarca. En cada puntada de su bordado viajan las peticiones de los que se quedaron, las promesas de los que caminan por primera vez y el recuerdo emocionado de los que ya disfrutan de un Rocío eterno en las marismas del cielo.
Lo hermoso de la Hermandad de Guadix es esa capacidad única para hacer familia en la lejanía. En la calidez de sus paradas, en el pan compartido durante el almuerzo y en la luz de las candelas que iluminan las noches de pernocta, se respira una autenticidad conmovedora. Allí, donde el asfalto desaparece y solo queda la verdad de la naturaleza, los rocieros accitanos demuestran que la fe no entiende de geografías, sino de intensidad. Su cante tiene el pellizco de la tierra Madre y su rezar, la profundidad de un pueblo que sabe esperar con paciencia el momento de la recompensa.
Por eso, cuando la hermandad hace por fin su entrada en la Aldea, con el rostro cansado pero el alma encendida, el tiempo parece detenerse. Al postrarse ante la Virgen del Rocío, todo el esfuerzo cobra sentido. En ese cruce de miradas entre la Blanca Paloma y sus hijos de Guadix, se sella un pacto anual de amor y fidelidad. El camino ha terminado, pero el Rocío del alma, ese que los accitanos custodian en su interior y devuelven a su tierra con orgullo, dura para siempre.
Periódico rociero / María Salado / Guadix







