DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | La herencia de la fe suele ser un camino llano, un sendero pavimentado por los recuerdos de la infancia y los nombres que se aprenden en el hogar. Sin embargo, existe un misterio aún más sobrecogedor: el de aquellos que llegan a la Virgen del Rocío sin mapas previos, sin fotografías familiares en el salón ni medallas guardadas en los cajones de los abuelos. Son personas que un buen día, por un azar aparente o una invitación fortuita, se pararon ante su altar y, sin buscarlo, sintieron cómo el suelo crujía bajo sus pies al cruzarse con su rostro.
Este primer encuentro posee una fuerza transformadora que no entiende de antecedentes ni de tradiciones heredadas. No hay un aprendizaje paulatino; hay un instante de revelación donde la belleza de la Patrona de Almonte opera un cambio absoluto en el fuero interno del espectador. Quien entra en el santuario como un simple observador o un visitante curioso, a menudo sale de allí con el corazón completamente desarmado, atrapado por una ternura que derriba cualquier escepticismo inicial y que lo vincula a esa imagen sagrada de por vida. Es la certeza de su presencia.
De esa conmoción inicial nace una promesa silenciosa y firme: la de estar a sus plantas y a su servicio para siempre. Es un compromiso que no surge del cumplimiento de una costumbre social, sino de una gratitud honda y personalísima. Estas personas se convierten en los custodios más celosos de su devoción, pues cada paso que dan hacia Ella es una elección consciente, un sí rotundo que redefine sus prioridades y que los lleva a integrarse en la comunidad con la humildad del que se sabe invitado a un banquete inesperado.
La historia de la devoción a la Virgen del Rocío se enriquece profundamente con estas incorporaciones espontáneas. Ellos demuestran que su nombre no es propiedad exclusiva de una cuna o de un apellido, sino un regalo universal que se ofrece a todo aquel que esté dispuesto a observar sin prejuicios. Con su entrega diaria, su trabajo en las hermandades y su servicio callado, estas personas recuerdan a la comunidad el valor de la autenticidad, demostrando que el amor a la Patrona de Almonte es un fuego siempre vivo capaz de prender en cualquier corazón que se atreva a detenerse ante Ella.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







