El evangelio de este domingo, tomado de san Mateo (10, 26-33), nos deja una de las frases más reconfortantes y, a la vez, más exigentes de Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo a los hombres». En un mundo lleno de incertidumbres, ruidos y juicios externos, Cristo nos invita a la valentía de la fe, recordándonos que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados y que valemos mucho más que todos los pájaros del cielo. Es una llamada directa a no esconder nuestras convicciones, sino a pregonar la Verdad «desde la azotea».
Para un cristiano de alma rociera, esta invitación resuena con una fuerza muy particular. ¿Qué es el camino hacia la aldea sino un pregón vivo y andante de nuestra fe? Salir a las calles, ponernos detrás del Simpecado y caminar contracorriente de las modas del mundo es, en esencia, la respuesta exacta al mandato de Jesús. Al ponernos en marcha, no nos da vergüenza confesar el nombre de Dios ante los hombres; al contrario, lo cantamos, lo rezamos y lo convertimos en hermandad compartida.
En los momentos de dificultad —esos particulares «atolladeros» de la vida donde el polvo ahoga o las fuerzas flaquean—, el miedo puede atenazar el alma. Es ahí donde la figura de la Santísima Virgen del Rocío se convierte en el perfecto puente hacia este evangelio. Ella, que ante el anuncio del Ángel sintió el lógico desconcierto humano, supo escuchar el divino «No temas, María». Nuestra Blanca Paloma es la maestra de la confianza absoluta, el espejo donde mirarnos cuando el temor o el respeto humano intentan silenciar nuestro testimonio cristiano.
Rocío es, por definición, el rocío divino del Espíritu Santo que refresca el alma y expulsa los temores. Agarrados a su manto protector, las dudas se disipan. Si Jesús nos pide que lo reconozcamos delante de los hombres, los rocieros tenemos la inmensa suerte de hacerlo con una sonrisa, un compás y una medalla en el pecho.
Que la Reina de las Marismas nos conceda siempre la valentía de vivir sin miedo, de ser testigos de su Hijo a plena luz del día y de pregonar, con la vida misma, que su amor es el único refugio seguro.
Periódico rociero / J. Ruiz / Sacerdote S.J / Salamanca







