DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | El tiempo posee una medida caprichosa que no se rige por las agujas del reloj, sino por el pulso de la espera en los corazones cristianos.
A tan solo siete días de que la fisonomía de la marisma se transforme por completo, una cuenta atrás invisible divide los sentimientos de una misma tierra. Una semana exacta separa el presente de ese instante crucial en el que la Virgen del Rocío abandonará su santuario para iniciar el traslado hacia Almonte, llevando consigo al Pastorcito Divino en un reencuentro histórico con su pueblo. Sin embargo, estos siete amaneceres no se viven con la misma intensidad ni con el mismo semblante a ambos lados del camino.
Para quienes residen en la Aldea, para los panzurrinos, las horas actuales transcurren con un matiz de serena melancolía y de intimidad apresurada. Cada vez que las puertas del templo se abren, los lugareños contemplan el altar con la certeza de que el silencio compartido está a punto de concluir. Son los días de las miradas largas, de rezar sin prisas ante la reja y de saborear la cercanía cotidiana de la Madre de Dios antes de que la multitud reclame su presencia. Para el habitante de las marismas, esta semana representa el desasosiego de la despedida, el deseo de detener el calendario y la necesidad de atesorar en la memoria la fisonomía del presbiterio antes de que quede temporalmente despojado de su mayor tesoro.
Al mismo tiempo, a pocos kilómetros de distancia, las calles de Almonte vibran con una energía completamente opuesta, cargada de júbilo, preparativos y una ilusión que desborda las fachadas. Para los almonteños, estos siete días son una eternidad que se consume entre el aroma a pintura fresca, el montaje de las arquitecturas efímeras y el repique de las campanas que ensayan la bienvenida.
La cuenta atrás en el pueblo es una acumulación de vísperas dichosas, donde cada jornada que resta es un muro que cae hacia el abrazo definitivo con su Patrona. Es la urgencia santa de una comunidad que se engalana para recibir en su hogar a la protectora de sus vidas, transformando la impaciencia en una hermosa manifestación de fe y alegría.
Esta disparidad de sentimientos demuestra la grandeza y la hondura de una devoción que une los extremos a través del amor filial. Mientras unos apuran con celo los últimos instantes de recogimiento, otros ensanchan el alma para la acogida, pero todos se reconocen hermanos bajo la misma mirada protectora.
El traslado inminente no es solo un acontecimiento geográfico, sino una renovación espiritual que moviliza los valores cristianos más puros.
En una semana, cuando el plazo se cumpla y la Señora inicie su marcha, la dualidad de la espera se disolverá en un único sentimiento de gratitud, confirmando que, tanto en la quietud de la marisma como en el bullicio del pueblo, su amparo permanece eterno para todo aquel que busca su auxilio.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







