jueves, julio 25, 2024
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«Vieron al niño, con María, su madre, y cayendo de rodillas, lo adoraron»

Siguiendo la línea de periodicorociero.es cada domingo, hoy compartimos un nuevo texto que ayuden a la reflexión de las lecturas de la Misa, en este caso es de San Alfonso María de Ligorio.

«Vieron al niño, con María, su madre, y cayendo de rodillas, lo adoraron»

Los magos encontraron a una pobre joven con un pobre niño cubierto de pobres mantillas… pero, al entrar en esta gruta, experimentan un gozo que no habían experimentado jamás… el Niño divino se alegra: señal de la satisfacción afectuosa con que acoge las primeras conquistas de su obra redentora. Los santos reyes dirigen seguidamente su mirada a María, la cual no habla; se mantiene en silencio; pero su rostro, que refleja gozo y respira dulzura celestial, da muestras de darles buena acogida y les agradece el hecho de haber sido los primeros en reconocer quien es su Hijo: su soberano Señor… Niño digno de amor, te veo en esta gruta acostado sobre la paja, bien pobre y despreciado; pero la fe me enseña que tú eres mi Dios bajado del cielo para mi salvación.

Te reconozco como mi soberano Señor y mi Salvador; te proclamo como tal pero no tengo nada para ofrecerte. No tengo el oro del amor puesto que amo las cosas de este mundo; sólo amo mis caprichos en lugar de amarte a ti, infinitamente digno de amor. Tampoco tengo el incienso de la oración porque, por desgracia, he vivido sin pensar en ti. Tampoco tengo la mirra de la mortificación, puesto que, por no haberme abstenido de placeres miserables, he entristecido numerosas veces a tu bondad infinita. ¿Qué puedo ofrecerte, pues? Jesús mío, te ofrezco mi corazón, muy sucio, completamente desprovisto como está: acéptalo y cámbialo, puesto que has venido hasta nosotros para lavar con tu sangre nuestros corazones culpables, y así transformarnos de pecadores en santos.

Dame, pues, de este oro, de este incienso, de esta mirra que me falta. Dame el oro de tu santo amor; dame el incienso, el espíritu de oración; dame la mirra, el deseo y las fuerzas para mortificarme en todo lo que no te complace…

Oh Virgen santa, tú has acogido a los piadosos reyes magos con vivo afecto y les has llenado: dígnate acogerme y consolarme también a mí, que siguiendo su ejemplo, vengo a visitar y ofrecerme a tu Hijo.

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