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El perfume más costoso

Hoy, lunes Santo, recordamos dos momentos importantísimos de la vida del Señor: Uno es cuando expulsó del templo a los mercaderes y otro cuando María de Betania, la hermana de Lázaro, ungió al Señor con un costoso perfume.

Jesús decide limpiar el templo, expulsando con un látigo a los mercaderes, a aquellos que vivían de espaldas a Dios, anclados en su indiferencia y su falta de respeto por todo y por todos.

Unos días antes de la Pascua, en Betania, María, la Hermana de Lázaro, a quien el Señor había resucitado, tomó un perfume costoso, y ungió los pies de Jesús.

Y esos dos momentos centran hoy el Lunes Santo, dos momentos que muestran la autoridad de Jesús, por un lado, y la necesidad de permitir que Él sea lo más importante de nuestras vidas.

El evangelio nos dice que la casa donde se encontraban cenando Jesús y sus amigos, se llenó de la fragancia de aquel perfume.

Y personalmente, me han venido a la mente cómo nosotros deberíamos oler al Señor, y no sentir vergüenza de ser seguidores suyos, y ser siempre el perfume por el que otros se sientan atraídos a Él. Que donde estemos, huela al Señor.

Cuando voy a ver a la Virgen, -seguro que vosotros me entendéis-, siento que el Santuario, al que todavía de manera cariñosa seguimos llamando Ermita, huele de manera diferente, un olor distinto a todos los olores, como si todo estuviera impregnado del aroma de la Virgen del Rocío, de su hijo, el Pastorcito Divino.

En ningún sitio huele como allí. Huele a oración, huele a paz, huele a intercesión, huele a luz, huele de una forma tan especial que ningún olor en todo el mundo se le asemeja.

Y diréis vosotros, amigos lectores, que estoy algo loca (y hasta puede que tengáis razón), pero a veces me he visto sorprendida por la fragancia de un olor similar, coincidiendo con una conversación en la que la Virgen estaba siendo protagonista, o cuando he estado rezando o pensando en Ella y colarse por algún lugar el aroma de flores que me la recuerdan, supongo, que para hacerse presente en mi oración.

El perfume más costoso es Dios mismo, y de ese perfume todos los cristianos deberíamos estar impregnados, para que nosotros pasemos desapercibidos y a Él se le vea, se le huela y se le sienta.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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