PERIÓDICO ROCIERO | La corporación de San Ildefonso demuestra cada Pentecostés que su verdadera grandeza reside en el corazón de unos romeros que cuidan una devoción eterna y familiar.
Hay hermandades que poseen el don de transformar la prisa de la vida moderna en un remanso de oración, de convivencia y de verdad. En el corazón de la comarca se cobija una corporación que es el vivo reflejo de esa fe que no necesita de artificios para conmover: la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Mairena del Aljarafe.
Hablar de esta corporación es adentrarse en una historia forjada con la constancia de los sencillos, con el cariño de los vecinos de toda la vida y con el compromiso inquebrantable de traspasar el amor a la Blanca Paloma de padres a hijos.
Cuando llega la primavera y los guiones convocan a los romeros, Mairena se despoja de su rutina urbana para vestir el alma de pueblo. La salida de su Simpecado por las calles del municipio no es un desfile más; es la manifestación pública de una familia extensa que se echa a andar con un mismo rumbo. Cada año, al ver la carreta avanzar, se hace evidente que el verdadero patrimonio de esta hermandad son sus hermanos. Es el compromiso de los que montan los carros, las voces que afinan los cantos en las paradas nocturnas y los brazos que se ofrecen para sostener al compañero cuando las fuerzas flaquean durante las jornadas de marcha.
El discurrir de Mairena del Aljarafe por los senderos posee un sello propio de señorío y recogimiento. Cruzar el Guadiamar o avanzar bajo el amparo de los pinares se convierte, para estos peregrinos, en un ejercicio de comunión perfecta con la naturaleza y con el prójimo. Hay una hospitalidad innata en sus reuniones, una generosidad que abre las puertas de las hermandades vecinas y una alegría sincera que brota de saberse portadores de un mensaje de esperanza. No importan los kilómetros acumulados ni el cansancio del cuerpo; la meta está grabada en la mirada y el motor es esa devoción que se aviva con cada Avemaría rezada al unísono.
La llegada a las puertas de la ermita y el encuentro con la Santísima Virgen corona un año entero de trabajo en la sede canónica de San Ildefonso. Al postrarse ante las plantas de la Madre, Mairena del Aljarafe no solo lleva los ruegos particulares de quienes han tenido la dicha de hacer el camino; lleva también el sentimiento de todo un pueblo que se queda rezando en la distancia. En ese instante de gracia infinita, la hermandad confirma su hermosa misión: ser un ejemplo vivo de caridad que regresa renovada a sus calles para alimentar la vida comunitaria durante el resto del año.
Periódico rociero / Javier Velasco / Mairena del Aljarafe







