InicioEditorialEl tesoro invisible que regresa a casa

El tesoro invisible que regresa a casa

La romería llega a su fin y los Simpecados emprenden el regreso, custodiando en el alma un caudal de momentos únicos, lágrimas compartidas y promesas cumplidas ante la Reina de las Marismas.

Las carretas giran sobre sus pasos y los bueyes toman el rumbo del regreso, pero ya nada es igual en el interior de los romeros. Termina una nueva celebración de Pentecostés y, mientras la aldea va recuperando su calma habitual, las hermandades inician el sendero de vuelta con las alforjas del alma desbordadas.

No regresamos vacíos; nos llevamos el equipaje más valioso que existe: un catálogo infinito de nuevas vivencias, miradas cómplices que se cruzaron ante las andas de plata y la certeza absoluta de haber rozado el cielo con las manos durante unos días benditos.

Este Rocío que ahora concluye ya forma parte de nuestra historia personal y colectiva. En el sendero de retorno, cada parada y cada descanso se convierten en el escenario perfecto para saborear los recuerdos frescos de una madrugada mágica y de una procesión que ya es eterna en la memoria.

Regresan a casa las familias unidas, los amigos que compartieron el pan y aquellos que, en el silencio de su oración, encontraron el consuelo que tanto necesitaban. La Blanca Paloma se queda en su Santuario, pero su rastro de luz viaja con nosotros, transformado en una fuerza renovada que nos sostendrá en el día a día hasta que las hermandades se pongan, de nuevo, en camino.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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