DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Si el primer día de noviembre levantábamos la mirada para celebrar la gloria resplandeciente de los santos, las horas nos conducen ahora a un rincón mucho más íntimo y recogido del alma. La conmemoración de los Fieles Difuntos nos invita a encender una vela por aquellos que caminaron a nuestro lado y cuya ausencia física sigue doliendo.
Es un momento de silencio, de nostalgia inevitable y de recuerdos que afloran con el aroma de la cera y el murmullo de las oraciones. Sin embargo, para quienes sostenemos la vida sobre los pilares de la fe, este recuerdo no se vive desde la desesperación ni el vacío de la nada, sino desde la serena certeza de que el amor es lo único que sobrevive a la muerte.
No podemos recordar a nuestros seres queridos sin evocar, de manera inmediata, el mayor tesoro que nos dejaron en herencia. Ellos fueron las manos que nos colgaron la primera medalla al cuello, las voces que nos enseñaron a balbucear las primeras oraciones y los ojos que nos enseñaron a mirar, con un respeto sobrecogedor, el rostro bendito de la Virgen del Rocío.
Cada vez que nos postramos ante Ella, es imposible no sentir el eco de los que ya no están; su devoción permanece viva en nosotros porque ellos la sembraron con paciencia en la tierra de nuestro corazón. No se han ido del todo si su forma de amar a la Madre sigue guiando nuestros pasos cada jornada.
Frente a la futilidad de la existencia humana, la Blanca Paloma se alza como el faro definitivo que disipa las tinieblas del sepulcro. Al contemplarla con el Pastorcito Divino en sus brazos, entendemos que Ella es la mediadora que acoge las almas de nuestros difuntos, presentándolas ante el trono del Altísimo con su manto bendito.
Rezar por ellos hoy es estrechar un lazo que la muerte no puede romper, sabiendo que en cada salve compartida se borran las distancias y nos unimos en una misma comunión con esa gran iglesia del cielo.
Con esa firme esperanza, encendemos hoy nuestro recuerdo, dando gracias por los que nos precedieron en la fe y confiando plenamente en que la Virgen los mantiene ya bajo su amparo eterno.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







