InicioARTÍCULOSEl camino a la Santidad bajo la mirada de la Blanca Paloma

El camino a la Santidad bajo la mirada de la Blanca Paloma

El 1 de noviembre de 2026 la Iglesia celebra la Solemnidad de Todos los Santos, una jornada de júbilo en la que la liturgia nos regala el pasaje de las Bienaventuranzas según San Mateo (5, 1-12). Este texto sagrado es una radiografía perfecta del mapa que conduce al cielo; en él, Jesús sube al monte y proclama quiénes son los verdaderos dichosos para el Reino de Dios: los pobres de espíritu, los que sufren, los limpios de corazón y los que trabajan por la paz.

Este llamado a la santidad universal no es una meta abstracta, sino una senda cotidiana que cuenta con un auxilio materno inigualable. Para el creyente, y de manera entrañable para el pueblo rociero, ese camino contracorriente se recorre de la mano de la santísima Virgen María, quien bajo la advocación de la Virgen del Rocío encarna de forma perfecta cada una de las palabras pronunciadas por su Hijo.

Las Bienaventuranzas constituyen el autorretrato de Jesucristo, pero también reflejan fielmente la fisonomía espiritual de María. Cuando Jesús dice «Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios», es imposible no mirar a la Blanca Paloma, cuya pureza inmaculada concibió la Salvación del mundo. Ella es la «pobre de espíritu» que no retuvo nada para sí, vaciándose en un continuo «hágase» para que el Espíritu Santo habitara en sus entrañas.

Asimismo, en el Rocío el peregrino experimenta con fuerza la promesa de consuelo: «Dichosos los que lloran, porque serán consolados». Cuántas lágrimas derramadas a las plantas de su altar, cuántas peticiones secretas en la ermita y cuántos dolores cargados durante las arenas del camino encuentran alivio inmediato al mirar su rostro sereno, pues Ella, que permaneció de pie junto a la cruz, se convierte en el consuelo definitivo de sus hijos.

El libro del Apocalipsis nos describe en esta solemnidad a una inmensa muchedumbre celestial vestida con túnicas blancas y palmas en las manos, aquellos que han triunfado reflejando la luz de Cristo. El Rocío, en su misma raíz teológica, evoca la gracia divina, ese rocío celestial que fecunda los campos del alma y hace florecer la santidad. María, como Madre de la Iglesia celeste y terrenal, preside este banquete de los santos e intercede incansablemente por quienes aún caminan por el sendero terrenal.

Ser rociero en este primero de noviembre de 2026 implica actualizar las exigencias del Evangelio, transformando la devoción en fraternidad genuina y en el firme compromiso de ser portadores de paz, para que un día, junto a todos los santos, podamos contemplar al Pastor Divino en las marismas eternas del cielo.

Periódico rociero / J. Ruiz /  S.J

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