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La fiesta del amor y no la del terror

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo| Pretender que nuestras calles se llenen de oscuridad, disfraces macabros y una estética que rinde culto al miedo es algo que choca de frente con la verdadera esencia de nuestra fe.

El tramo final de octubre nos empuja a menudo a imitar costumbres ajenas que celebran el terror, olvidando que los cristianos somos hijos de la vida, de la esperanza y de una claridad que vence a cualquier tiniebla.

El Evangelio que defendemos y vivimos no necesita de monstruos ni de sustos para conmover el alma; necesita de la caridad, del abrazo fraterno y de esa alegría contagiosa que nace de sabernos salvados. Cambiar la belleza de nuestras tradiciones por una noche de espantos ficticios es vaciar el espíritu de lo verdaderamente importante.

Nuestros mayores nos enseñaron a mirar estas fechas con un respeto inmenso, encendiendo velas por los que ya gozan de la presencia del Padre y recordando a los santos que gastaron sus vidas sembrando el bien. Esa es la verdadera fiesta: la de la comunión, la del recuerdo agradecido y la del amor que trasciende la muerte.

Qué torpe es dejarse arrastrar por modas comerciales que glorifican lo siniestro, cuando tenemos la inmensa fortuna de celebrar la belleza de la santidad y la promesa de la vida eterna. El amor cristiano es un faro de optimismo que nos invita a tender la mano, a sonreír con ganas y a recordar que el miedo nunca puede tener la última palabra en el corazón de un creyente.

Frente a esa corriente que se empeña en vestir el mundo de sombras artificiales, nosotros levantamos los ojos hacia la fuente de todo consuelo. La Virgen del Rocío disipa cualquier penumbra con la calidez de su rostro sagrado, recordándonos que su amparo es un refugio de paz donde no cabe el temor ni la desolación.

Ella nos quiere ver celebrando la vida, la luz y la fraternidad, lejos de festejos vacíos que nada tienen que ver con nuestras raíces. Su presencia es la victoria del amor sobre el miedo, un recordatorio constante de que pertenecerle a Ella significa caminar seguros, arropados por una ternura maternal que ahuyenta los fantasmas del desánimo y nos llena de una confianza auténtica.

Redacto hoy esta editorial con el firme deseo de que nuestras casas se conviertan esta noche en altares de alegría y oración, y no en escenarios de terror impostado.

Contemplarla a Ella sosteniendo al Pastorcito Divino en sus brazos nos devuelve la inocencia y el verdadero sentido de la fiesta: el triunfo del Bien y de la Luz.

Salgamos a la vida con la valentía de defender lo nuestro, sembrando amabilidad, compartiendo la fe con los más pequeños y demostrando que la devoción rociera es, por encima de todo, un canto imperecedero a la vida, al amor y a la esperanza que jamás defrauda.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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