DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Hay jornadas en las que el calendario parece tejer una red invisible de auxilio para quienes caminan con el alma sitiada por la angustia.
Este veintiocho de octubre es, por excelencia, el día en que miles de personas buscan desesperadamente un clavo ardiendo al que agarrarse, volviendo la mirada hacia la figura silenciosa de San Judas Tadeo. Es la devoción de las causas imposibles, el refugio de los que ya lo han intentado todo y se encuentran al borde del abismo, sosteniendo una vela con la última brizna de esperanza que les queda. Acudir a él no es un acto de magia, sino el grito sincero de quien se reconoce pequeño ante las tormentas de la vida y necesita un intercesor valiente que presente sus batallas en el cielo.
Sin embargo, para un corazón rociero, esa búsqueda del milagro nunca se hace a ciegas ni en absoluta soledad. En el fondo de cada petición imposible, en el reverso de cada promesa que se le hace al santo apóstol, habita siempre el rostro maternal que sostiene todos nuestros días. San Judas nos tiende el puente, abre la puerta de la esperanza cuando todo parece cerrado, pero nos lleva de la mano directamente al mismo sitio de siempre: al regazo de la Virgen del Rocío. Ella es el puerto definitivo, el lugar donde las causas difíciles dejan de ser una carga pesada para convertirse en una ofrenda de confianza absoluta, amparada bajo la mirada tierna del Pastorcito Divino.
Entender la fe desde esta unión es descubrir que los santos no compiten por nuestro afecto, sino que ensanchan el camino para que nadie se quede atrás.
Hoy, cuando las iglesias se llenen de fieles buscando el favor de San Judas Tadeo, los rocieros llevamos en el corazón una doble seguridad. Sabemos que el apóstol de lo imposible escucha nuestro ruego, pero también que no hay mayor milagro ni respuesta más hermosa a nuestras oraciones que la paz profunda que se experimenta al ponernos frente a la Madre, depositando en sus plantas aquello que nos duele, con la absoluta tranquilidad de saber que en sus manos todo lo imposible encuentra su descanso.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







