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El Rocío del Amor Máximo: Amar a Dios en el Rostro del Hermano

El Evangelio del domingo 25 de octubre de 2026 (Mateo 22, 34-40) nos sitúa ante la esencia misma del mensaje de Jesús. Ante las preguntas de los fariseos para ponerlo a prueba, el Maestro responde con una claridad que rompe cualquier formalismo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente», añadiendo de inmediato el segundo precepto que es semejante al primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». En estos dos mandamientos se sostiene toda la fe y la historia de la salvación.

Para un alma rociera, estas palabras del Maestro resuenan con una fuerza singular y entrañable. La devoción a la Virgen del Rocío no es un sentimiento aislado, ni se limita a los días de Pentecostés o a los mágicos caminos de arenas y marismas. Ser rociero es una forma de vivir el Evangelio los trescientos sesenta y cinco días del año, y este pasaje bíblico nos recuerda cuál es el verdadero compás que debe guiar nuestros pasos diarios.

La primera parte del mandamiento nos llama a amar a Dios sin reservas. Cuando miramos a la Santísima Virgen en su santuario de Almonte o en la medalla que llevamos al pecho, vemos el reflejo perfecto de este amor absoluto. María es la esclava del Señor, la que entregó su alma, su mente y su corazón por entero al plan divino. Nuestra devoción a la Blanca Paloma es, en su raíz, el camino más corto para cumplir este mandato de Jesús. Ella no retiene nuestras oraciones ni nuestros vivas; los toma y los eleva directamente hacia su Divino Pastorcito. Amar a la Virgen es aprender de Ella a amar a Dios con la fidelidad con la que una Madre cuida de sus hijos.

Sin embargo, Jesús nos advierte con firmeza de que no podemos separar el amor a Dios del amor al prójimo. Y es aquí donde la espiritualidad rociera cobra todo su sentido comunitario y solidario. Quien ha hecho el camino sabe perfectamente que en las arenas nadie camina solo. El Rocío se vive en la hermandad, compartiendo el pan, ofreciendo agua al cansado, ayudando a empujar la carreta que se ha quedado varada y consolando al que no puede más.

El verdadero rociero comprende que el prójimo —el enfermo de nuestra hermandad, el vecino que sufre en silencio, el necesitado de nuestro barrio— es el destino final de la romería diaria de la vida. No se puede gritar un viva a la Virgen con autenticidad si después cerramos el corazón a las necesidades de los demás. La caridad y las obras sociales de nuestras corporaciones son la traducción exacta del mandamiento de Jesús llevado a la práctica.

Este domingo de octubre, la liturgia nos invita a examinar a fondo nuestro caminar. Que la Virgen del Rocío sea siempre nuestro faro, nuestro espejo y nuestro ejemplo. Que al meditar las lecturas de este día comprendamos que la mejor ofrenda que podemos presentarle a Nuestra Madre no son los lujos temporales, sino un corazón transformado, capaz de amar a Dios con devoción sincera y de abrazar al prójimo con generosidad infinita. Que las marismas de nuestra existencia se inunden siempre del rocío de la caridad, sabiendo que en cada hermano al que amamos y servimos, estamos adorando al mismo Dios que sostiene nuestra fe.

Periódico rociero / J. Ruiz /  S.J

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