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Volviendo la vista atrás

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Llega una edad en la que uno empieza a mirar las manos de sus mayores con una atención distinta. Nos fijamos en las arrugas, en la fragilidad de la piel que parece de papel de fumar, en la lentitud de unos dedos que antes eran capaces de sostener el mundo entero sin pestañear.

Es ley de vida, nos decimos para consolarnos, mientras asumimos con resignación que el tiempo es un río que no sabe volver atrás. Sin embargo, hay un instante preciso, un segundo sagrado que escapa a toda lógica humana, donde la vejez se diluye y la memoria recobra la fuerza de un huracán. Sucede cuando esas mismas manos gastadas, cansadas de arrastrar los inviernos de la vida, se entrelazan de repente para sostener una medalla vieja o se elevan, temblorosas pero firmes, buscando una mirada en el altar. Ahí no hay desgaste posible; ahí lo que hay es un cabo invisible que se amarra a la eternidad.

A veces nos empeñamos en buscar la trascendencia en los grandes acontecimientos, en las fechas solemnes que apuntamos con letras de oro en los cuadernos, sin darnos cuenta de que los milagros más rotundos de nuestra fe se construyen en el silencio de lo cotidiano. Se heredan en el roce de una caricia en la frente antes de dormir, en el suspiro aliviado de una madre que da las gracias sin que nadie la oiga, o en la obstinación de un abuelo que se niega a sentarse durante la eucaristía porque dice que ante la Reina hay que estar firme.

Esos hombres y mujeres que nos precedieron no necesitaban manuales para entender el misterio; les bastaba con mirar al Pastorcito Divino en los brazos de su Madre para comprender, de un solo golpe de intuición, que el sufrimiento humano tiene un sentido y que ninguna lágrima cae al suelo sin que Ella la recoja primero. Nos dejaron en herencia un manual que no se rompe con los años, una lección del alma donde el norte siempre se encuentra con solo cerrar los ojos.

Por eso, cuando el peso de los días se nos vuelve insoportable y las dudas del mundo moderno intentan empañar lo que somos, la verdadera revolución consiste en volver la vista atrás. No para quedarnos atrapados en la nostalgia, sino para recordar de dónde venimos y sobre qué pilares se sostiene la alegría que nos habita.

Cada vez que nos ponemos frente a la Virgen del Rocío, no acudimos solos; llevamos con nosotros los rostros de los que ya no están, las oraciones que nos enseñaron cuando apenas sabíamos pronunciar las palabras y el agradecimiento infinito por habernos mostrado el camino de la verdadera libertad.

Cuando miremos atrás con el balance de los años vividos, descubriremos que el verdadero tesoro no estuvo en lo que logramos acumular, sino en el amor puro que fuimos capaces de custodiar y transmitir a los que vienen detrás, manteniendo encendido el fuego de una devoción que es, por encima de todo, el abrazo eterno de una Madre que jamás nos suelta de la mano.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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