InicioARTÍCULOSEl pellizco rociero de Palomares del Río en las arenas

El pellizco rociero de Palomares del Río en las arenas

PERIÓDICO ROCIERO | Hay un rincón en la comarca del Aljarafe donde la primavera se mide por la emoción de los corazones que aguardan la llegada de Pentecostés.

Hablar de la Hermandad del Rocío de Palomares del Río es adentrarse en una crónica de fe auténtica, de esa que no necesita de grandes masas para hacerse gigante, porque se mide por la pureza de sus intenciones, el calor de su convivencia y el compás de sus promesas.

Es la viva demostración de que la devoción rociera se cultiva en la intimidad de lo cotidiano para luego estallar en una hermosa explosión de alegría compartida cuando se abren las puertas del templo.

Ver salir a esta corporación es presenciar el milagro de un pueblo que se despoja de las preocupaciones diarias para revestirse con las mejores galas de la romería.

El Simpecado, cobijado con un mimo extraordinario por sus hermanos, avanza entre las calles del municipio dejando a su paso un rastro de vivencias guardadas durante todo el invierno. En Palomares, el sendero hacia las Marismas no se cuenta por los kilómetros recorridos en el cuentakilómetros, sino por las emociones que se van desgranando en la comunión de cada carreta, por ese trago de agua ofrecido al peregrino cansado y por la sevillana que nace de manera espontánea en la retaguardia cuando el sol aprieta en mitad de la jornada.

Lo que hace verdaderamente especial y única a esta corporación aljarafeña es su sello familiar, un sello de identidad que se transmite con orgullo de generación en generación. Aquí cada carriola se convierte en un hogar flotante y cada parada del camino en una gran mesa compartida donde no existen los forasteros. Los mayores enseñan a los niños a mirar el Simpecado con el mismo respeto con el que ellos lo hacían décadas atrás, garantizando la continuidad de una llama que nunca se apaga. Es una hermandad que reza cantando, que encuentra la espiritualidad en el compañerismo y que camina con el orgullo de saber que transporta la esencia de su tierra en los frontiles de sus bueyes.

Cuando la comitiva de Palomares pisa finalmente las deseadas arenas de la aldea de Almonte y se planta con humildad frente a las plantas de la Blanca Paloma, el esfuerzo cobra todo su sentido. En ese preciso instante, frente a la mirada mansa de la Reina de las Marismas, no llega simplemente un grupo de romeros que ha superado las dificultades del polvo y el cansancio.

Llega la historia entera de un pueblo, el sacrificio de todo un año de trabajo y el fervor inquebrantable de una marea de devoción que demuestra que el amor a la Virgen es el verdadero motor que une a sus vecinos y mueve sus vidas.

Periódico rociero / José Montero / Palomares del Río

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