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Un mes para que salgas camino de Almonte

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Dicen los almanaques que el tiempo avanza sin detenerse, pero hay esperanzas que se miden con el alma y no con las agujas de un reloj. En las casas de los rocieros, las miradas se dirigen de reojo a ese rincón donde descansan las medallas, los trajes colgados y las viejas fotografías de un fervor que no sabe de ausencias.

Queda exactamente un mes. Treinta días de vigilia, de cuentas atrás silenciosas en mitad de la noche, para que el pueblo de Almonte vuelva a reclamar lo que es suyo por derecho de sangre y herencia, y se abra de par en par ese sendero directo hacia sus calles de cal y devoción.

La Virgen del Rocío aguarda en su Santuario, pero el murmullo de los preparativos ya se cuela por debajo de las puertas de cada hogar. No es una cuestión de preparativos materiales, de buscar los mejores estrenos o de repasar la logística de los carruajes.

Esta cuenta atrás nos apela directamente al corazón, nos exige una transformación interior profunda basada en los valores más puros de nuestra fe cristiana. Es el momento de mirarnos frente a frente, de despojarnos del egoísmo cotidiano y de limpiar las asperezas con el prójimo. Un mes para entender que caminar hacia Ella requiere, ante todo, un ejercicio de absoluta generosidad, donde la caridad con el hermano más necesitado sea el verdadero motor que nos mueva los pies.

En sus manos, siempre resplandeciente, el Pastorcito Divino nos recuerda con su mirada de niño la inocencia que a veces perdemos los adultos en los laberintos de la rutina. Mirar al Hijo es aprender de nuevo a ser pequeños, a confiar ciegamente en el amparo de una Madre que nunca suelta nuestra mano, especialmente cuando las tormentas de la vida aprietan con más fuerza.

La solidaridad no puede ser un adorno que nos colguemos en las solapas durante las jornadas festivas, sino el compromiso real de tender la mano a quien camina rezagado, de compartir el pan y el consuelo, y de hacer de nuestra hermandad un refugio vivo de amor y compasión donde nadie se sienta abandonado.

Cuando agosto encare su recta final y las noches se vuelvan de plata en la marisma, Almonte entero se convertirá en los hombros y las manos de un sentimiento que desborda cualquier explicación racional.

Sentiremos ese pellizco hondo, esa emoción contenida que eriza la piel sin necesidad de palabras rimbombantes ni discursos estudiados. La fe verdadera se expresa así, en el silencio de una lágrima contenida frente al altar, en la promesa cumplida en la intimidad del templo o en el abrazo sincero a un hermano.

En apenas cuatro semanas, la Madre de Dios se pondrá en camino para encontrarse con su pueblo, y nosotros debemos estar listos, limpios por dentro, para ser los dignos custodios de su bendito mensaje de paz, unión y caridad fraterna.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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