DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Acudo hoy ante tus plantas con la sencillez de una hija que solo sabe buscar la verdad en tus ojos. Hay días, Madre mía del Rocío, en los que la vida nos sonríe de par en par, momentos de una efusividad tan grande que el pecho parece quedarse pequeño para albergar tanta gratitud y tanta dicha.
En esas jornadas luminosas, donde el éxito nos acompaña y la alegría familiar desborda la mesa, es fácil cantar tus glorias. Pero tú bien sabes que la existencia humana es mudable, cambiante, y que los días de sol a veces dan paso a jornadas donde el ánimo se desploma hasta el último peldaño, dejándonos sin fuerzas, con el alma cansada y la mirada perdida.
Por eso hoy no vengo a pedirte milagros extraordinarios, sino a hacerte una súplica que nace desde lo más hondo de mi fe cristiana: no me sueltes de la mano. Da igual la situación exacta en la que me encuentre en cada etapa de mi vida. Si me hallo en la cima de la felicidad o si, por el contrario, me encuentro de capa caída, sintiendo que apenas tengo aliento para arrastrar los pies hacia adelante. Incluso en esos momentos grises en los que miro hacia el futuro y me veo incapaz de haber llegado siquiera al primer peldaño de mis metas, me basta con saber que tus dedos providenciales siguen entrelazados con los míos.
Al mirar cómo sujetas al Pastorcito Divino, comprendo el valor de la confianza más pura. Él se entrega a tus cuidados con la absoluta certeza de que en tus brazos nada malo puede sucederle. Ese es el ejemplo de abandono y de humildad que deseo para mi propia alma. Tu ejemplo de seguimiento fiel al Señor nos demuestra que la verdadera victoria no consiste en no caer nunca, sino en dejarse levantar por tu amor maternal.
Cuando tu mano sostiene la mía, el egoísmo se transforma en generosidad, la indiferencia se vuelve solidaridad y el corazón se abre de par en par para practicar una caridad sincera.
Sé con total rotundidad que, si tú no te apartas de mi lado, a todo lo bueno llegaré; todo lo bueno me alcanzará. No importa lo empinado que se presente el horizonte ni las flaquezas de mi condición humana; de tu mano, cada paso diario se convierte en un avance seguro hacia el bien, hacia la paz interior y hacia el amor al prójimo.
Quédate siempre a mi lado, Madre buena, sé mi consuelo constante y la luz que guíe mis pasos en cualquier circunstancia de la vida.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







