DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | El estruendo de los cartuchos rasga el aire con un único mensaje: la Virgen viene a Almonte. Esa detonación es la voz del pueblo que avisa a los vecinos, a los que esperan en las esquinas de las calles y a los enfermos que guardan cama, de que la Madre está cada vez más cerca.
Las salvas de escopeta son el hilo conductor de la emoción de todo un pueblo que cuenta los días que faltan para el reencuentro. El olor a pólvora flota en el ambiente como la antesala de la alegría, llenando los pechos de una impaciencia hermosa. Alzar las escopetas y disparar al cielo es la manera que tiene la gente de Almonte de romper la tensión de la espera, transformando los nervios acumulados en un grito ensordecedor de anhelo por su llegada y de bienvenida.
La belleza de este rito reside en su capacidad para contagiar la ilusión a cada rincón del municipio. Esas mismas escopetas irán dibujando un rastro que marca el recorrido exacto de la Virgen y el Pastorcito entre los pinos, por su camino de siempre.
No importa la edad ni la condición; cuando el estampido truena a lo lejos, el corazón de cada almonteño sabe perfectamente dónde mirar y qué rezar en ese preciso instante. Es el anuncio oficial de que el hogar está a punto de completarse.
Al finalizar el traslado, cuando las armas se enfundan y el humo se desvanece por completo en el horizonte, queda la certeza absoluta de que el aviso se ha cumplido y de que la Patrona de Almonte ya descansa bajo el techo de sus hijos.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







