DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Si rascamos la superficie de los días, desnudando el alma de tantas corazas que nos ponemos para sobrevivir al invierno del mundo, lo único que queda en pie es lo que fuimos cuando todavía no sabíamos mentir.
Hay un instante en la madurez donde uno vuelve la vista atrás, no por nostalgia barata, sino por pura supervivencia espiritual. Pensamos en ese primer fogonazo en la memoria, cuando apenas levantábamos tres palmos del suelo y alguien —un padre que ya no está, una madre con las manos cansadas— nos alzó por encima de los hombros de la multitud para enseñarnos una Verdad que no cabía en las palabras. El primer encuentro con Ella nunca se olvida porque no pasa por la cabeza; se clava directamente en las entrañas para siempre.
Esa es la verdadera herencia que sostiene los pilares de nuestra existencia, un testamento invisible que no entiende de escrituras ni de patrimonios. La devoción a la Virgen del Rocío es el ancla que nos impide derivar hacia el vacío cuando la sociedad nos empuja a ser piezas frías de una maquinaria sin alma.
Frente al egoísmo feroz que hoy se premia, frente a la prisa por llegar a ninguna parte y el aplauso fácil de las pantallas, la Virgen es el único rincón del universo donde las cuentas no se miden por lo que tienes, sino por lo que eres capaz de custodiar en el corazón. Su mirada, fija y eterna, actúa como un espejo implacable que nos desarma, despojándonos de las vanidades, los títulos y las soberbias con las que pretendemos protegernos a diario. Ante Ella, todos regresamos a la misma condición: hijos necesitados de amparo, buscando el calor del hogar primitivo.
Y en esa lección de autenticidad que nos estremece, es el Pastorcito Divino quien rompe por completo nuestros esquemas humanos. Qué misterio tan grande el de ese Niño que no juzga, que no exige credenciales ni pide explicaciones sobre nuestros bandazos o caídas. Mientras el mundo nos exige perfección y nos castiga el error, sus manos pequeñas se abren de par en par para acoger nuestras flaquezas con una ternura que desarma cualquier intento de orgullo.
El Pastorcito es la revolución de la ternura en estado puro, un recordatorio constante de que las cosas verdaderamente importantes de la vida nacen siempre en la quietud. Él nos invita a recuperar la pureza perdida, a limpiar la mirada de prejuicios y a entender que el sentido de nuestra fe es volver a ser niños en los brazos de su Madre.
Esta editorial no nace para rellenar un espacio con literatura complaciente, sino para agitar las conciencias desde la verdad más desnuda. Ser rociero es mantener encendida la llama de esa autenticidad primigenia en medio de una sociedad que naufraga en la indiferencia. Es tener el coraje de pararse, mirar al cielo y recordar quiénes somos y a quién pertenecemos, sin dejarnos arrastrar por las modas vacías.
Que la Virgen del Rocío y su Divino Pastor nos devuelvan la capacidad de conmovernos ante la belleza de lo sencillo, de proteger la inocencia y de mantener el corazón intacto ante las tormentas del mundo.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







