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La llama que nunca se apaga

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | El mundo corre deprisa, casi sin aliento, y en esa vorágine imparable parece que todo lo que tocamos está obligado a transformarse, a cambiar de piel, a sucumbir a las modas del calendario.

El Rocío, esa bendita locura que nos vertebra el alma, no ha sido una excepción en su envoltorio externo. Vemos hoy caminos más organizados, tecnologías que acortan las distancias de la nostalgia y carretas que avanzan bajo la mirada de un siglo diferente.

Sin embargo, quienes miramos la vida a través del prisma de la fe sabemos que hay verdades absolutas que el progreso jamás podrá rozar. Hay un rincón secreto en el pecho de cada rociero donde el tiempo se detiene por completo, un refugio sagrado que permanece intacto desde el primer día en que el hombre se postró ante la belleza de la Madre de Dios.

La evolución es inevitable en las formas, pero la esencia del Rocío no entiende de modernidades porque su raíz no es de este mundo; su raíz es puramente celestial, divina y eterna. Cambiarán las infraestructuras, se multiplicarán las transmisiones y los senderos se adaptarán a los tiempos, pero el escalofrío que recorre la espalda al escuchar el primer toque de flauta y tamboril sigue siendo el mismo que sentían nuestros abuelos. Esa lágrima que brota sin permiso cuando el simpecado cruza el umbral de la iglesia, ese polvo del camino que se pega a la garganta como una oración callada y ese cansancio bendito que se transforma en fuerza inexplicable son milagros que no han cambiado ni un solo ápice con el paso de las décadas.

En el centro de todo este universo de sentimientos, gobernándolo absolutamente todo con su mirada serena y maternal, se encuentra Ella. La Virgen del Rocío es el alfa y el omega de nuestro caminar, el faro inmutable que permanece fijo mientras el oleaje del mundo no deja de moverse.

Los valores cristianos de la caridad, la hermandad compartida en torno a una candela y el perdón sincero no son conceptos del pasado; son el núcleo vivo de una romería que encuentra su único sentido en su divina presencia.

Cuando nos despojamos de los adornos artificiales y de la prisa diaria, lo que queda es la pureza de un hijo que busca el consuelo en los ojos de su Madre. No importan los años que pasen ni cómo se transformen las costumbres: mientras el sentimiento rociero siga vivo por y para Ella, el verdadero Rocío, el que se escribe con letras de amor y devoción en el libro del alma, permanecerá eterno, inalterable y bendito para siempre.

 

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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