DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Algo ancestral despierta con fuerza cada fin de junio, una fuerza que conmueve las raíces del alma y atrapa el corazón de la marisma.
La saca de las yeguas, además de un evento ganadero, además de una tradición que se repite por inercia en el calendario almonteño, es un acto de fe viva, una herencia sagrada donde los animales más puros de nuestra tierra vienen a rendirle honores a su verdadera dueña.
Ver pasar esas tropas indomables frente al santuario, levantando el aire bendito de la aldea, es sentir un escalofrío que te recorre el cuerpo y te saca las lágrimas que tenías guardadas.
Mirarla cómo frenan su brío salvaje cuando llegan ante los pies de la Blanca Paloma, es como si el mismísimo Pastorcito Divino les susurrara al oído que guarden silencio, que están en territorio sagrado.
Los yegüerizos, con los rostros cansados y los ojos brillantes de emoción, levantan sus sombreros hacia la marisma del cielo porque saben que Ella ha vuelto a cuidar de sus vidas y de sus ganados un año más. Esa estampa rompe cualquier coraza y nos recuerda que en el Rocío todo lo que tiene vida pertenece a la Virgen, desde la flor más pequeña hasta la yegua más brava.
Esta devoción nuestra no entiende de razones, solo de sentimientos puros que se transmiten de padres a hijos a través de un lazo invisible.
Ver la saca es comprender la grandeza de una Madre que abraza la identidad de todo un pueblo y la convierte en oración celestial. En esa carrera de cascos y crines va el corazón entero de Almonte, entregando lo más auténtico de sus campos a la Reina de las Marismas.
Que nunca se pierda esa pureza, que este rito bendito nos siga conmoviendo las entrañas y recordándonos que, ante la Virgen del Rocío, hasta la fuerza más salvaje de la naturaleza se arrodilla con humildad y devoción infinita.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







