DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Mirar el calendario estos días no es un acto reflejo; es un vuelco en el alma. La certeza de que el regreso de la Virgen del Rocío a su pueblo está cerca nos remueve por dentro, sacando a la luz esos sentimientos que a menudo guardamos en el rincón más reservado del pecho.
No hacen falta palabras ruidosas cuando la fe se impone con la fuerza de la verdad. Almonte se prepara para el acontecimiento que da sentido a su historia, y los cristianos contenemos el aliento ante la proximidad de un milagro que se repite para recordarnos que nunca estamos solos.
Quien tiene a la Virgen del Rocío como guía sabe bien que esta espera no se mide con el reloj, sino con la intensidad de la oración. Ella, que conoce cada una de nuestras flaquezas, nuestras pérdidas y nuestros agradecimientos más íntimos, se dispone a cruzar el umbral de su santuario para hacerse aún más cercana.
Es la Madre que sale al encuentro de sus hijos, la que no repara en distancias para cobijar bajo su manto el sufrimiento de los enfermos y la gratitud de los devotos. Su rostro, que es consuelo y refugio, volverá a iluminar los rostros de un pueblo que se desvive por mantener viva la llama de una devoción heredada de los mayores.
La víspera nos obliga a limpiar el interior, a presentarnos ante Ella con la humildad de los verdaderos creyentes. Verla caminar de Pastora, despojada de la suntuosidad de la procesión pero revestida de una realeza que estremece, es una lección de amor cristiano que desarma a cualquiera.
Almonte ya engalana sus calles con arcos y flores blancas, pero el verdadero altar se está levantando en el interior de cada hogar. Falta muy poco para que la Parroquia de la Asunción se convierta en el epicentro de nuestra fe. La cuenta atrás va llegando a su fin y la emoción, contenida durante tanto tiempo, está a punto de convertirse en una oración unánime que llegará hasta el cielo.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







