DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | El entorno de Doñana no es un decorado plano, sino un espejo de la propia existencia. Quien observa la vegetación que rodea el santuario descubre que las raíces de los pinos y los matorrales se hunden en un suelo difícil, obligados a convivir con la sequedad extrema o con la inundación absoluta.
Las plantas de la marisma no eligen el clima; simplemente resisten aferradas a la tierra, floreciendo cuando toca y soportando el castigo del tiempo. Esa misma crudeza vegetal la experimentamos las personas cuando el ánimo se tuerce y los problemas cotidianos nos complican el paso.
Hay jornadas donde el sol cae a plomo y todo parece marchar sobre ruedas, pero también hay momentos donde el terreno se convierte en un cenagal intransitable debido a las tormentas.
En la vida cristiana ocurre igual: el barro nos cala, nos frena y nos ensucia los planes. Lo verdaderamente llamativo es que la figura de la Virgen permanece inalterable ante esos cambios meteorológicos y emocionales. Ella no exige que nos presentemos con las ropas limpias ni con el éxito bajo el brazo; su espacio acoge por igual el calzado embarrado del invierno y el desgaste del verano, recordándonos que el compromiso no se disuelve por un cambio de tiempo.
Esa capacidad de resistencia de la flora local se contagia al pisar el santuario. Frente a las dificultades que nos hunden en el pesimismo, la devoción funciona como ese sustrato firme que permite volver a levantar cabeza. No se trata de buscar salidas mágicas a los problemas, sino de entender, observando ese horizonte de contrastes, que tras los periodos de lodo y aislamiento siempre regresa la estabilidad.
La presencia de la Madre nos obliga a mantener la compostura, a limpiar el calzado y a seguir adelante con la seguridad de que ninguna racha de mal tiempo es eterna.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







