PERIÓDICO ROCIERO | La corporación isleña es el vivo ejemplo del tesoro de la paciencia y del esfuerzo diario, labrando con humildad un legado que renace cada Pentecostés en Almonte.
Hay historias de fe que se escriben con el cincel de la perseverancia, y la de la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de San Fernando es, sin duda, una de las más hermosas de la provincia de Cádiz. Hablar de esta corporación es recordar aquellos años de bendita locura en la parroquia de la Sagrada Familia, donde un grupo de devotos comenzó a sembrar una semilla que tardaría más de una década en dar su fruto más esperado.
Aquel reconocimiento oficial como filial número 104, alcanzado en enero de 2006, no fue una meta, sino el bendito premio a un trabajo incansable de hermanos que jamás se rindieron ante las dificultades.
La trayectoria de San Fernando demuestra que el verdadero espíritu rociero se forja en el día a día de la sede canónica y no solo durante las jornadas festivas. Cada año, la junta de gobierno y los feligreses inician una carrera de fondo silenciosa y sacrificada para sufragar los gastos que conlleva poner la Hermandad en la calle.
Es un esfuerzo titánico que implica rifas, altares de Corpus, eventos benéficos y horas de dedicación robadas al descanso familiar. Todo ello se realiza con el único propósito de que el bendito Simpecado isleño pueda cruzar el Guadalquivir y presentarse con la dignidad que merece ante la Hermandad Matriz de Almonte.
Cuando los romeros de la Isla de León inician su caminar, la recompensa a tanto desvelo se transforma en oración en camino. El paso por los senderos, la convivencia en las zonas de acampada y las pernoctas bajo el cielo estrellado marcan un estilo propio de señorío, educación y hondo sentido cristiano. Los hermanos de San Fernando saben que representan a toda una ciudad marinera y por ello custodian con mimo un patrimonio humano donde los jóvenes aprenden de los mayores el valor de la caridad y la hospitalidad con las hermandades vecinas.
El encuentro definitivo en el Santuario con la Santísima Virgen del Rocío disipa en un segundo cualquier rastro de fatiga acumulada a lo largo del año. Al postrarse ante la Blanca Paloma, la hermandad deposita a sus plantas las intenciones, las alegrías y los dolores callados de todos los isleños. San Fernando regresa cada temporada a sus marismas natales con el alma llena de gracia, dispuesta a reanudar de inmediato el trabajo diario para mantener viva la llama de una devoción que es el orgullo de su tierra.
Periódico Rociero / Carlos Prieto / San Fernando







