PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | El tiempo en la marisma no se cuenta por años, sino por recuerdos. Cada mes de mayo, cuando el corazón avisa de que el reencuentro está cerca, una extraña amalgama de emociones se instala en el pecho del rociero. No es solo la prisa por limpiar la plata, planchar las camisas o revisar los arreos de las carretas; es algo mucho más profundo. Es la certeza de que el pasado vuelve a abrirse paso y de que la memoria, caprichosa y bendita, se dispone a desenterrar cada una de las vivencias que hemos ido guardando celosamente en los rincones del alma.
El Rocío tiene la capacidad única de amontonar vivencias como si fueran tesoros en un cofre que solo se abre en estas fechas. Al llegar esta época, el olor a incienso de la última Semana Santa se funde con el aroma a romero fresco y a polvo del camino, activando un resorte invisible que nos vuelve inevitablemente melancólicos. Reaparecen entonces, con una nitidez asombrosa, las noches de frío al abrigo de la hoguera, las mañanas de sol rompiendo entre las ramas de los pinos y el eco de los tamboriles que parecen sonar en la distancia, aunque las carretas aún sigan en sus casas.
Esa nostalgia es, en realidad, el peaje más hermoso de nuestra devoción. Nos volvemos vulnerables porque al repasar el camino de nuestra vida, la memoria nos devuelve las manos que ya no podemos estrechar y las voces que ya no cantarán a la Blanca Paloma. Recordar el Rocío es recordar a los abuelos que nos pusieron la primera medalla, a los padres que nos enseñaron a rezar mirando a sus ojos marismeños y a los amigos con los que compartimos noches enteras de confidencias bajo la lona de una carriola. Por eso duele un poco; porque la ausencia se hace más grande cuando se acerca la hora de pisar la arena.
Es en esa mezcla de alegría por lo que viene y de añoranza por lo que fue donde la emoción termina desbordándose. En mitad de la preparación, cuando un sutil pellizco de melancolía nos aprieta la garganta, una lágrima furtiva termina por asomar en los ojos. No es una lágrima de tristeza, sino de puro agradecimiento. Es el tributo que el creyente paga a su propia historia, la demostración de que cada romería vivida ha dejado una marca que los años no han sido capaces de borrar.
Nadie viaja a la Aldea con las manos vacías. Todos llevamos en la maleta ese equipaje invisible hecho de recuerdos amontonados, de ausencias presentes y de promesas que renovamos cada año.
Al final, cuando nos plantemos frente a Ella, con la verdad por delante y la voz quebrada, comprenderemos que esas lágrimas de nostalgia eran necesarias. Eran el agua limpia que preparaba el terreno para que la fe vuelva a brotar, un año más, con la fuerza arrolladora de siempre.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







