InicioARTÍCULOSEl mayor "Te quiero" de la historia

El mayor «Te quiero» de la historia

El lenguaje humano a menudo se queda corto cuando intenta explicar las grandes realidades de la existencia. Palabras como «amor» o «entrega» se desgastan con el uso cotidiano, perdiendo la fuerza de su verdadero significado. Sin embargo, el texto evangélico de este domingo (Juan 3, 16-18), en el que la Iglesia celebra la Solemnidad de la Santísima Trinidad, nos sitúa ante una declaración que rompe los esquemas de cualquier lógica terrenal. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único». En esta breve frase se condensa el núcleo del cristianismo y la revolución espiritual más grande de la historia: Dios no es un observador distante, sino un misterio de comunión y donación absoluta.

Durante siglos, diversas corrientes religiosas y filosóficas presentaron a la divinidad como un juez implacable, un contable celestial de los errores humanos o una fuerza abstracta ajena al sufrimiento de los hombres. El Evangelio según san Juan rompe drásticamente con esa herencia. La clave de lectura de nuestra relación con lo divino no es el miedo al castigo ni la necesidad de aplacar una ira eterna; la clave de lectura es el amor desmesurado. Jesús nos revela que la naturaleza misma de Dios es una continua circulación de afecto entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un círculo perfecto que decide abrirse de par en par para incluir a toda la humanidad.

Esta maravillosa locura de amor trinitario encuentra un reflejo bellísimo en la religiosidad popular, de manera muy especial en la devoción a la Santísima Virgen del Rocío. María no es solo el sagrario primero donde las tres divinas personas se manifiestan al mundo, sino la mediadora que nos enseña a acoger esa entrega.

El rociero sabe bien que mirar el rostro de la Blanca Paloma es, en definitiva, asomarse al Pastorcito Divino que sostiene en sus brazos; es comprender que el Pastorcito es ese Hijo único entregado por amor. En el sendero de la fe, la devoción a la Virgen se convierte en el puente más tierno y directo para experimentar la cercanía de un Dios que es comunidad, familia y misericordia infinita.

La palabra «entregó» adquiere en el Evangelio un matiz estremecedor. No se trata de un regalo superficial, sino de asumir las últimas consecuencias de la fragilidad humana. Al enviar a su Hijo, Dios asume nuestra carne, nuestros límites y, de manera muy especial, nuestros dolores. El texto lo subraya con absoluta claridad litúrgica: «Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él». La mirada de Cristo sobre nuestras vidas nunca es de reproche inquisitorial; es una mirada que busca rescatar, sanar y restaurar. Acoger esta buena noticia implica transitar de la sospecha a la confianza, sabiendo que la última palabra sobre nuestra historia no la tienen nuestros errores, sino el amor de quien nos amó primero.

Periódico rociero / Manolo Serrano / Sacerdote diocesano / Chile

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