Hay momentos en la vida donde las palabras resultan incapaces de abarcar la magnitud de lo que siente el corazón. La procesión de la Santísima Virgen del Rocío pertenece a esa categoría de misterios que no se explican, sino que se graban a fuego en el alma.
Verla avanzar entre su gente es contemplar una marea incontenible de amor puro, donde el dolor de todo un año se transforma en una oración cantada al cielo. Es el reencuentro más esperado, ese instante mágico en el que la mirada de una Madre se cruza con la de sus hijos para devolverles la paz, la esperanza y la fuerza que creían perdidas.
La emoción que se respira en esos momentos rasga el pecho y humedece los ojos del espectador más sereno. No es una demostración de fe superficial; es la entrega absoluta de un pueblo que se rompe la voz en cada ruego y que busca, con desesperación y ternura, rozar aunque sea por un segundo el manto de la Blanca Paloma.
En ese bendito caos lleno de devoción se resumen las promesas de los abuelos, las peticiones silenciosas por los enfermos y los agradecimientos de quienes han encontrado consuelo en su rostro. Cada mano levantada hacia Ella lleva consigo una historia de vida íntima y verdadera.
Al sostener en sus brazos al Pastorcito Divino, la Virgen se convierte en el refugio definitivo de nuestras debilidades. Es una explosión de fervor que estalla desde lo más profundo del pecho y que une los corazones en un solo sentimiento fraternal.
Nosotros, con nuestro trabajo de cada día, queremos rendir homenaje a esa devoción que nos transforma y nos eleva, recordándonos que, por encima de cualquier dificultad, el amor a María es el motor que da sentido a nuestra fe y la luz que siempre nos guía de vuelta a casa.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







